Sabor a felicidad

Entre polvo y hojas secas finalizamos la jornada del domingo sentadas debajo de un porche que ya hemos hecho nuestro. El sol zambiano se pone de color rojo mientras mentalmente repasamos nuestra primera semana de aterrizaje en la comunidad de Mulunghusi, Zambia, que nos acoge.
Escuchamos al hermano Mansoa arrastrar los pies por el corredor. A las seis y media se cena y en un baile de sobra conocido nos vamos incorporando para acompañarle en torno a la mesa.
La jornada diaria transcurre con lentitud, el “ritmo zambiano” lo llaman. No tenemos nunca claro si somos nosotras las que llegamos antes o aquí el tiempo se ralentiza.

En ese relativismo temporal transcurren nuestras clases, rodeadas de niños con un millón de dientes blancos que nos miran hipnotizados. Intentar encontrarle lógica al horario se nos hace tarea difícil al principio. Sin embargo, al final siempre conseguimos hacernos un hueco, cambiar horas, convencer a quien haga falta y con una buena actitud tenemos todas las puertas abiertas.
Solo llevamos aquí un semana y ya queremos sacar adelante mil proyectos e ideas, ¡ojalá nos de tiempo a ponerlas en práctica! Mientras tanto acogemos cada nueva jornada con todas las ganas y la ilusión posibles. Al final del día llegamos a la cama totalmente rotas, y entre bromas, chitengues mal colocados y todo el polvo del mundo en las deportivas, nos vamos a dormir con el sabor a felicidad en los labios.
Voluntarias de SED en Mulunghusi, Zambia

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Categorías

Entradas recientes

Entradas

Social