«El sufrimiento que muchas veces nos es ajeno tiene nombres y apellidos»

Queridos muchachos y educadores de Horizontes al Futuro:

Ya han pasado cuatro semanas desde que volví de Comayagua y no pasa un día sin que me acuerde de ustedes sin que venga a mi memoria alguno de los recuerdos que construimos juntos este verano.

Sin embargo, ahora que tengo que contar a los demás lo vivido, no soy capaz de ordenar mis ideas. Solo puedo pensar en una conversación animada en la mesa del comedor; en el hogar de los pequeños jugando al escondite; en la pila, con las lecciones de los muchachos sobre cómo lavar bien la ropa; en un banco de la sala de la TV viendo una peli todos juntos; los viajes en la paila de la Pick Up…

Me piden que cuente qué hacíamos allá. Eso no es tan difícil, ya que las rutinas las tienen ustedes muy bien establecidas:

A las 6:20 se desayuna. Los que tienen clase van para la escuela, y los que no, hacen el aseo y después van a taller de soldadura y sastrería, mientras otros reciben apoyo escolar.

Sobre las 12:30 el almuerzo, un descansito, y apoyo escolar. Y depende del día, inglés ocharla de la policía. Y a media tarde, campeonato de fútbol o charla con don Goyo, para ayudarles a crecer como seres humanos.

Después ustedes asean los hogares y su ropa, para cenar a las 18:30 y ver una peli antes de dormir, o jugar fútbol (otra vez), o jugar en los hogares. Salvo esos tres miércoles en los que Silvia, Susana y yo os enseñamos algunos de los talleres de interioridad que realizan nuestros alumnos en España. Esos en los que se daban ustedes cuenta de que a veces es necesario mirar dentro de uno mismo y saber identificar lo que sentimos, y saber cómo actuar ante ello.

Tuvimos días algo diferentes, como las visitas al asilo, donde compartir con los residentes un refresco y una conversación agradable o unas damas, o una canción. Momentos de relajo como la excursión al parque acuático, la gymkana de juegos o el paseo a la plaza central.

También recuerdo siempre a los güirros y a la profe del kínder «Horizontes Emanuel», donde nos turnábamos para ir por las mañanas, acompañadas por alguno de los más mayores. Ahí los muchachos de Horizontes demostraban lo bien que saben comportarse en público.

Pero lo que más recuerdo, lo que más me hace extrañarlos, son los momentos que van surgiendo a raíz de la convivencia; la confianza que vamos ganando día a día, y se hace patente en las historias que compartimos. Historias que me han hecho comprender que el sufrimiento que vemos en la TV, y que muchas veces nos es ajeno, es real. Y tiene nombres y apellidos.

Por ello podría decir que mi experiencia en el CTM de Horizontes al Futuro (Comayagua, Honduras) se resume en cada uno de los nombres, y sus historias, que me han acompañado durante seis semanas y que han hecho que me sintiera como en casa a pesar de estar en una tierra extraña a 8000km de distancia.

Ruth Muñoz, voluntaria SED en Honduras

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